I.
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| (c) Arturo Pomar, En algún lugar, 1985 |
Desde que acabó la secundaria, Paula decidió hacer los estudios de Matemáticas a distancia para poder quedarse en la tienda. En ausencia de su madre, el local no aguantaba sin ella, literalmente. No es que las paredes se derrumbaran, pero cada vez que había que desplazar algo, Paula tocaba la pared para garantizar que el tubo de plomo o la placa galvanizada en cuestión no provocaran un accidente o un susto gratuito a los vecinos. Alguien podría hacerse daño.
Mario no puede dar crédito a lo que Santi le está contando. Plantea todas las cuestiones que sacuden la lógica de cualquier persona para solucionar esta situación: que si por qué no construyeron otra pared, que si saben a qué se debe… nada que no haya sido planteado antes por los propietarios del local. Todo, sin respuesta.
Al cerrar su tienda, Mario se da prisa para llegar al cierre de la Fontanería Mayólica. A estas horas en la calle casi todo es silencio. Paula está sola, su padre ha ido a cumplir con el último pedido y la espera en casa. La reja blanca está medio cerrada pero ello no impide a Mario oír el teclado del ordenador y deslizarse para acercarse al despacho donde Paula está entretenida acabando una última tarea para la universidad, siempre con sus cascos escuchando quién sabe qué.
Cuando Mario toca su hombro para avisarla de su presencia, ésta salta de su silla y empuja sin querer al vecino contra la pared. En cuanto la espalda de este empieza a hundirse entre los azulejos que se amoldan lentamente a su cuerpo, Paula lo sostiene de una mano y queda atrapado, inmóvil. En cuanto lo suelta, Mario sigue cayendo hacia el otro lado, así que ella vuelve a agarrarlo, esta vez por la camisa. La situación de indecisiones y cambios de parecer dura unos minutos. El absurdo reemplaza a lo mágico de esos instantes paranormales y desemboca en carcajadas por parte de ambos. Llegados a este punto, Paula pierde la fuerza por la risa al verlo medio recubierto de cuadros verdes que lo abrazan y deja de sostener a Mario quien, a su vez, la agarra del brazo y la trae hacia él; en fin, hacia lo que queda de él: los brazos, la cabeza y algo del busto. El resto está en el pasillo desde donde la escuchaba esta mañana. Sus rostros han quedado a medio centímetro el uno del otro y, en cuanto las risas empiezan a convertirse en sonrisas..
Mario se acuesta soñando en voz alta y queda sumido en un profundo insomnio. Todo por obedecer a ese amigo que le dijo que no hablara con la hija del fontanero.
Y no habló.
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|Texto: Irene Pomar|
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